19 noviembre 2009

A la sombra de un roble



Aunque yermo y clavado
mi tronco entumecido
no es árbol del olvido
sobre el frondoso prado
desde que me visita
la joven princesita
de un próximo condado.


Es dulce y soñolienta,
y creo que está triste
porque siempre me insiste
en que el amor que alienta
nació de un raudo beso;
y yo, no sé de eso
y escucho mientras cuenta.

O me libera un hondo
suspiro que le brota
de alguna frase rota
como tocando fondo
del sentimiento agudo;
y yo, que vivo mudo,
escucho y no respondo.


A veces, suele hablar
del sueño de ser ave
gozando el viento suave
que le lleve al azar
entre los continentes;
y yo, salvo en sus dientes,
no he visto nunca el mar.


Después, como si fuese
helecho de mi sombra,
o yo quien sabe y nombra
el verbo que atraviese
la fe que nos separa;
me da un beso en la cara
como si la tuviese.


Y al fin de esta bondad
regresa a su morada
quizás más aliviada
de tanta soledad
de humana enredadera;
y yo, siendo madera,
yo sé que eso es verdad.





15 noviembre 2009

Retrato (Antonio Machado)




Ningún misterio os decubro si, a estas alturas, os cuento de mi afinidad por Antonio Machado, entre otros. Sucede que hace algún tiempo visitaba el blog de nuestra amiga la isla de manu y, comentando un post en que había publicado la obra autobiográfica de este poeta, "Retrato", me respondió con que me lanzara a recitarlo. ¡Pues bueno soy yo, si el dueño ya está muerto para darme puñetazos! Así que honor a su instigación -¡Menos mal, que no dijo nada de hacer puenting o cosas así!- aquí lo tenemos:




  RETRATO




Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.


Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
-ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.


Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.


Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.


Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.


¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.


Converso con el hombre que siempre va conmigo
-quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.


Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.


Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


 Antonio Machado (Sevilla, 1875 -Collioure, Francia, 1939
del libro "Campos de Castilla" (1912)










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12 noviembre 2009

Manual de poesía para profanos




Llegad a casa y veos completamente a solas,
sin nadie dulce y blando, que nuble vuestra ganas
-no os dejéis “mirando” que os contarán las canas-;
ni chuchos, defendeos que con mover las colas
como una voz de mando sin gritos ni pistolas
os llenan de deseos de acariciar sus lanas.


Los niños y la bruja de la suegra, peor;
mandad a esos tunantes a casa de San Cristo
(eso se hacía antes y no estaba mal visto);
cread una burbuja a vuestro alrededor,
las manos expectantes, sin frío ni calor,
sentid cómo os empuja el genio que está listo.


Pensad quién habla ¿quién? ¿acaso un don barroco,
una mujer serena de letra decorosa,
un astro, una sirena…? mirad que cada glosa
viste con su sostén la identidad y es loco
ponerle voz ajena. Hagamos una cosa
para entenderlo bien; hacedlo poco a poco:


Quitaos los ropajes con que os cubrís el ego;
a fuera pantalones, alhajas y zapatos,
las bragas, los calzones, ¡No me seáis pacatos!
que parezcáis salvajes; pensad que el arte es ciego
y estorban condiciones que vengan de otros tratos
con sórdidos ambages. ¡Echad más leña al fuego¡


¿Os queda algo mundano? ¡no os veo desnudar!
la piel, sacadla a trozos; después, sacad los huesos,
las vísceras, los gozos, la médula, los besos…
abrid al flujo humano el ser de par en par,
sembrad de rojos pozos el suelo y que los sesos
con ellos de la mano discurran hasta el mar.


Ahora que estáis puros oíd ese dictado
que os ha traído aquí; sentid cómo se siente
la voz que os habla así y uníos a la mente
de quien tras vuestros muros espera ese recado;
soltad el bisturí y usad, y solamente,
los verbos y conjuros que halléis en ese lado.


y regresad al trance sin renunciar jamás
hasta que el alto ente que habita en esa escena
piense que es suficiente y, dándola por buena,
la vez, ya no os alcance a responderos más;
veréis letras enfrente de lengua casi ajena
quizás en un romance de mágico compás.


Después… -¡Por Dios, vestíos!- notad cómo vacía
el aire los pulmones, cómo la luz difusa
tropieza en pantalones, zapatos y la blusa,
y el grito de los críos os vuelve a la ironía
de vuestras sinrazones. ¡El alma, y no la musa!
¡eso, amigos míos, eso… es poesía!





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