Aunque yermo y clavado
mi tronco entumecido
no es árbol del olvido
sobre el frondoso prado
desde que me visita
la joven princesita
de un próximo condado.
Es dulce y soñolienta,
y creo que está triste
porque siempre me insiste
en que el amor que alienta
nació de un raudo beso;
y yo, no sé de eso
y escucho mientras cuenta.
O me libera un hondo
suspiro que le brota
de alguna frase rota
como tocando fondo
del sentimiento agudo;
y yo, que vivo mudo,
escucho y no respondo.
A veces, suele hablar
del sueño de ser ave
gozando el viento suave
que le lleve al azar
entre los continentes;
y yo, salvo en sus dientes,
no he visto nunca el mar.
Después, como si fuese
helecho de mi sombra,
o yo quien sabe y nombra
el verbo que atraviese
la fe que nos separa;
me da un beso en la cara
como si la tuviese.
Y al fin de esta bondad
regresa a su morada
quizás más aliviada
de tanta soledad
de humana enredadera;
y yo, siendo madera,
yo sé que eso es verdad.
mi tronco entumecido
no es árbol del olvido
sobre el frondoso prado
desde que me visita
la joven princesita
de un próximo condado.
Es dulce y soñolienta,
y creo que está triste
porque siempre me insiste
en que el amor que alienta
nació de un raudo beso;
y yo, no sé de eso
y escucho mientras cuenta.
O me libera un hondo
suspiro que le brota
de alguna frase rota
como tocando fondo
del sentimiento agudo;
y yo, que vivo mudo,
escucho y no respondo.
A veces, suele hablar
del sueño de ser ave
gozando el viento suave
que le lleve al azar
entre los continentes;
y yo, salvo en sus dientes,
no he visto nunca el mar.
Después, como si fuese
helecho de mi sombra,
o yo quien sabe y nombra
el verbo que atraviese
la fe que nos separa;
me da un beso en la cara
como si la tuviese.
Y al fin de esta bondad
regresa a su morada
quizás más aliviada
de tanta soledad
de humana enredadera;
y yo, siendo madera,
yo sé que eso es verdad.


















